Iva Hryc – Trenzador de mundos, Neptuno en la carta natal

“Claro que está pasando dentro de tu cabeza, Harry,
pero ¿por qué eso significaría que no es real?”
Albus Dumbledore en Harry Potter y las reliquias de la muerte – J. K. Rowling

Desde chica me gusta mucho leer. Entre mis recuerdos más atesorados están las horas transcurridas en rincones de la casa, en el auto, en algún avión, en soledad profunda o rodeada de un mundo en movimiento, pero de cualquier modo inmersa en páginas que, palabra tras palabra, me llevaban de universo en universo. Curiosamente, cada uno de esos universos parecía ser el propio y, a la vez, tan lejano… Con el tiempo me fui volviendo grande y responsable. Las horas de lectura fueron cada vez menos y más raras, y el hábito fue mermando, como adormeciéndose. Y aunque ese mundo nunca me abandonó del todo –tengo una especie de compulsión por comprar libros, vaya a leerlos o no–, la ficción desapareció de mi vida durante algunos años. La adolescencia trajo cosas para tramitar que parecían más urgentes y concretas; los mandatos se hicieron cada vez más grandes, más sólidos, más ineludibles.

Tiempo después, cuando promediaba la crisis vocacional y el rumbo se sentía lejano y esquivo, casi por casualidad caí en la universidad a estudiar literatura inglesa y aquel viejo mundo volvió. Como quien sube a una bicicleta después de un largo tiempo sin usarla y teme caer, pero inexplicablemente sus piernas y pies, la columna y los brazos parecen recordar cómo hacer el movimiento, la literatura volvió a mi vida con un impacto inexorable y justo a tiempo, porque las tormentas que siguieron solo pudieron atravesarse con una novela en curso, con un cuento abierto, con una obra de teatro en exploración. Creo que sin ese retorno de la literatura, de la ficción y sus mundos alternativos, muchas circunstancias de la vida real se me hubieran hecho imposibles de procesar.

Por esta época di con una cita de Alexander Lloyd que dice: “La fantasía no es un escape de la realidad, sino un modo de comprenderla”.[1] Esas palabras hicieron tanto eco en mí que quedaron resonando hasta el día de hoy. Tal vez fue la primera vez que se me ocurrió sospechar que había algún tipo de relación, alguna correspondencia, entre los innumerables relatos que sucedían en “otros” mundos y la vida concreta del aquí, del ahora, de las obligaciones, los trámites, los sentimientos y las inquietudes. Creo que fue la primera vez que me pregunté por Neptuno, mucho tiempo antes de nombrarlo así.

Neptuno, Poseidón, dios de los mares, tritón gobernante de los sueños, la música, los mundos impalpables y narcóticos. Regente de Piscis, la más compleja de las aguas zodiacales, que nos inunda de mística, de poética, de melodías oníricas, para ponernos en presencia del contacto de todo con el todo. Por ser un planeta transpersonal, Neptuno es difícil de ubicar y organizar en torno a una función en particular. Más bien responde a un clima, un entramado de percepciones que se activan ante su presencia y permiten un intercambio de información que está fuera del orden de lo racional.

Algunos hablan de sensibilidad neptuniana. Personalmente creo que lo que Neptuno propone es más abierto que sentir. Tal vez la experiencia de soñar y lo que nos pasa con eso pueda acercarse a un intento de definición. Todos hemos vivido esas mañanas en las que despertamos con la sensación de estar recién llegados de otro universo, pero no tenemos posibilidad de explicarlo ni entenderlo, y cuando queremos contar el sueño, o escribirlo, no sabemos por dónde empezar. Parecería que no hay nada para contar, pero a la vez, pasó de todo. Cualquier cosa que digamos del sueño parece una mímica, una parodia.  ¿Cómo es que eso que nos movilizó tan profundamente parece tan ridículo al contarlo, tan vacío? Tal vez porque las palabras no son el medio de Neptuno; si lo fueran, quién sabe, quizás los sueños llegarían en texto. Lo mismo pasa con un poema o una canción que al escucharla nos moviliza: si quisiésemos analizarla o contársela a alguien, perdería todo sentido. Tal vez porque en eso que parece una mera combinación de palabras o de sonidos, opera una especie de magia por la cual, al entrar en contacto con ese hechizo, podemos transportarnos por unos momentos a otro lado, escuchar otra cosa, para luego volver al mundo concreto aparentemente intactos, pero profundamente modificados por dentro. Quizá por eso el universo de la música, la poesía y la fantasía le son tan afines a Neptuno: porque usan objetos de este mundo como meros puentes para llegar a otros a los que no llegaríamos sin esos mediadores.

Las personas con un Neptuno fuerte en la carta vibran en una permeabilidad que está más allá de lo corporal, emocional o personal, y eso puede ser complejo de tramitar para un cuerpo mamífero pensante y con propensión a la vida terrenal. Como músicos con acceso a la partitura del mundo, quienes tengan Neptuno en una posición fuerte tendrán a mano el contacto (les guste o no, lo registren o no) con algo de lo inmaterial e innombrable que damos en llamar lo onírico, la fantasía, el arquetipo.

¿Qué significa, entonces, la resonancia en un mandala zodiacal con Neptuno en una posición fuerte? Significa estar atravesados por una sensibilidad que es tan inmensa como sutil, tan omnipresente como intangible. Son personas que desde temprana edad habitan un poco en el umbral entre mundos, con mucha presencia de sueños, fantasías y una imaginación activa. En la niñez, cuando las barreras del ego no se han endurecido aún, lo neptuniano goza de buena salud. Los niños son capaces de compartir con total naturalidad sus conversaciones con animales, niños, niñas y seres asombrosos que no estaban allí en cuerpo palpable, o decir que pasaron la mañana jugando con el abuelo que murió antes de conocerlos. Saturno no está incorporado en términos de represión, y esto permite un contacto natural y fluido con el universo de percepciones que ofrece Neptuno. El niño no tiene ningún problema en mantenerse abierto a cosas que están fuera de la explicación racional o concreta porque no hay información previa ni juicios en cuanto a lo que existe y lo que no. Pero el límite no tarda en llegar. A falta de un registro de realidad incorporado, maduro y sólido en su flexibilidad, el Saturno proyectado en figuras de autoridad traerá la realidad con cierta rigidez, y uno aprenderá a sospechar de esas percepciones para poder ubicarlas en la dualidad real-imaginario. Serán entonces las personas de su entorno  (muchas veces, los padres del niño) quienes responderán a esas expresiones infantiles con declaraciones del tipo “eso no existe”. En el mejor de los casos, le dirán que se está imaginando cosas, y en el peor, que está mintiendo. Esta respuesta del afuera irá moldeando el registro del niño, y le irá haciendo perder su contacto fluido con el mundo de los sueños, para adoptar una postura más compatible con el paradigma de realidad en el que habita. Pero el registro no se pierde del todo, así como un dique no hace desaparecer a un río. Ante lo implacable de la represión consciente, la información que entra por la porosidad neptuniana inconsciente encontrará caminos alternativos para imponer su percepción.

El nativo con Neptuno fuerte tiene tal  contacto con lo arquetipal que las imágenes del inconsciente colectivo lo atraviesan y constituyen. La sensibilidad a este nivel de relato común es altísima, pero su presencia es tan abundante como invisible. Como el ego no es particularmente talentoso para lidiar con las cuestiones inconscientes, muy probablemente la persona quedará entramada en la aparente lucha entre el mundo de lo imaginario, onírico y etéreo y las realidades mundanas conmensurables y productivas. Este tironeo interno entre percepción sutil y anclaje mundano, que algunos llaman “polarización neptuniana”, se apoya sobre el malentendido de que fantasía y realidad son mutuamente excluyentes. Así, el contador que se levanta cada mañana muy temprano con medio litro de café e interminables balances para completar, esquivará todo lo relacionado con el mundo de las sensibilidades sutiles. Tendrá muy claro que la ficción es ficción, que solo sirve para entretener, y se dedicará fervientemente a actividades tangibles y productivas, aunque eso le valga vivir cargado de estrés. En el extremo opuesto estará, tal vez, el artista, que habita sus días entre percepciones, registra sueños, escribe novelas y no puede soltar un libro hasta no saber si el héroe venció al dragón o no. Tendrá muy claro que lo mundano es bajo y vil, que solo sirve para doblegar al corazón, y no querrá saber nada con pequeñeces banales como pagar cuentas o hacer los mandados, aunque eso le valga varios dolores de cabeza. Estos dos personajes, aparentemente tan distintos, comparten un velo. En su convencimiento de lo absoluto de sus realidades, ambos quedan ciegos a una parte de sí mismos. El contador no puede registrar que lo que hace muchas veces está tan en el aire como la más descabellada ficción, y el artista no se entera de que solo contacta con ese mundo arquetipal en la medida en la que tenga algo concreto con qué plasmarlo.

De qué lado de la ecuación aterricemos dependerá de otros lugares de la carta y de dónde se apoye la identidad. Es de imaginar que un pisciano con Luna en Sagitario se identifique más con el soñador optimista que siente que las trivialidades como el dinero, el cuerpo y los logros materiales funcionan como una cárcel para el alma. Por su parte, para un Capricorniano con Luna en Aries, la amenaza del desborde neptuniano será tal que muy rápidamente la fantasía del control lo llevará a volcarse al frenesí de la actividad, el orden estricto, la organización total, como una manera de contrarrestar, frenar y doblegar ese impulso que es tan vasto que asusta.

Por supuesto, esto que desde lejos es tan fácil de vislumbrar, y que ejemplificamos de manera exagerada para comprender, no es para nada claro para quien está inmerso en esta tensión. Entre los planetas transpersonales, Neptuno es tal vez el más escurridizo. Como un aroma que va impregnando los sentidos lentamente, penetra la percepción hasta convertirse en una atmósfera imposible de detectar o señalar. Simplemente estamos adentro. Así como la heroína del cuento de hadas no tiene cómo enterarse de que personifica la proyección de una vibración común a toda la humanidad, es posible que el nativo con Neptuno fuerte quede absolutamente atravesado por el juego del inconsciente colectivo, como protagonista de un relato que no logra identificar como tal. Entonces, muchas veces, se encontrará dando respuestas arquetípicas a conflictos universales, con la ferviente convicción de estar viviendo una vida particular y única.

Toda carta con Neptuno fuerte implicará un desafío para el yo en cuanto a que la consciencia estará muy velada para registrar cuán atravesada está por la trama arquetipal colectiva. Si, con un poco de suerte y mucho trabajo personal, la persona puede identificar la tensión de estos pulsos dentro de sí, es posible que su primera reacción sea la repolarización. La respuesta del ego, que tiende a interpretar en términos binarios, será pensar que estuvo equivocado, revalorizar lo que dejó en sombra y rehacer su identidad allí, con rechazo por la personalidad anterior. Es esperable. El estadio evolutivo del yo humano no alcanza a reconocer realidades integradas. Irremediablemente necesita interpretar que los muertos no están entre nosotros, que los amigos imaginarios son producto de la imaginación y nada más. Como en una especie de if lógico, en donde una cosa es real porque aniquila a la otra, a la consciencia humana se le hace inasible contemplar que la realidad es un entramado complejo compuesto de muchas más cosas de las que alcanzamos a percibir. La gran pelea entre lo mundano y lo fantástico aquieta la ansiedad desatada por la incertidumbre que genera sospechar que tal vez haya cuestiones que se dirimen en espacios que no llegamos a registrar. Mucho menos puede el yo sospechar que algunas cuestiones de lo mundano solo puedan atravesarse con un pie en otro lado.

En ese sentido, me pregunto: ¿escapa de la realidad quien se deja envolver por una novela fantástica que lo conmueve hasta las lágrimas? ¿O será que atravesar esas tramas aparentemente virtuales puede organizar cuestiones del mundo material para las cuales las herramientas de ese mismo mundo simplemente no alcanzan? ¿Acaso no escapa de sí mismo quien moldea su vida en un sinfín de rutinas, protocolos y estrategias que le inhiben sentir el manantial de sentimientos, percepciones y vidas que fluyen dentro de sí, por fuera de su control? Del mismo modo, ¿no escapa de la vida encarnada quien niega todo lo mundano y lo tilda de sucio, pasajero y desagradable? Quizá la mayor de las fantasías sea suponer que podemos esquivar un mundo aferrándonos al otro. Mi sensación es que no existe tal escapatoria. La realidad y la ficción comparten más de lo que podemos suponer. En mi encuentro con la literatura creo haber comprendido que, como humana, habito en un umbral de mundos, y que el relato fantasioso a veces puede organizarme internamente mucho más que mil horas de análisis.

La invitación de Neptuno es a confiar en que todo está sucediendo en todos los planos al mismo tiempo, pero no en paralelo, como le gusta imaginar a la mente organizadora. Más bien creo que, como en un tapiz donde cada color es mezcla de hebras de varios otros tonos, los planos de la realidad colaboran y se trenzan entre sí. El desafío es quemar el puente artificial que divide la realidad mundana del universo etéreo y astral. Silenciar por un momento el torrente de explicaciones, dejar latir al corazón de niño y maravillarnos, una vez más, de la magia que significa estar en un cuerpo y de lo corpóreo que es el universo de relatos de los que estamos hechos. Dejar que la voz del narrador nos asista en el camino de la propia manifestación.

 

[1] “Fantasy is hardly an escape from reality. It’s a way of understanding it”.

Este artículo apareció originalmente publicado en www.revistastellium.com

 

Iva Hryc

Astróloga. Traductora. Terapia Bioenergética

@iva.hryc

ivannahryc@gmail.com

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